Cuando la arquitectura se convierte en escultura: el legado inmortal de Frank Gehry

Hoy queremos rendir un homenaje a la obra de Frank Gehry (Toronto, Canadá 1929 – Santa Mónica, California 2025) —un autor que transformó la arquitectura contemporánea en una experiencia emocional—, celebrando su legado sin dolor, con admiración por la audacia, la belleza y la capacidad de soñar que dejó plasmadas en edificios alrededor del mundo, también en España.

Desde sus inicios, Gehry defendió una arquitectura que escapaba a la ortodoxia: rechazó la rigidez de las formas tradicionales y apostó por curvas, volúmenes inesperados, materiales innovadores —una arquitectura escultural, casi violenta en su libertad. Su obra más universalmente reconocida, el Museo Guggenheim Bilbao (1997), cambió no solo el skyline de Bilbao, sino la ambición cultural y urbana de toda una ciudad, inaugurando lo que hoy llamamos el “efecto Bilbao”: una muestra tangible de cómo un edificio‑icono puede devolver vitalidad, orgullo y proyección global a un entorno.

Sin embargo, el vínculo de Gehry con España va más allá de ese museo transformador. En la Rioja alavesa, su diseño para el Hotel Marqués de Riscal en Elciego (2006) se erige como una obra maestra: sus formas ondulantes revestidas en titanio de tonos rojizos, dorados y plateados dialogan con los viñedos, reinterpretando la tradición vinícola con la audacia de un lenguaje arquitectónico moderno y simbólico.En la costa de Barcelona, su escultura metálica El Peix d’Or —erigida para los Juegos Olímpicos de 1992— sigue surgiendo con sus reflejos dorados sobre el Mediterráneo, un símbolo de ligereza, modernidad y juego con la luz.

Pero su visión no se limitó a España. Sus edificios más emblemáticos recorren ciudades de todos los continentes: el Walt Disney Concert Hall en Los Ángeles, con sus “velas” de acero brillante; la evocadora Casa Danzante en Praga, que parece danzar en la orilla del río; la elegante Fondation Louis Vuitton en París, con sus formas flotantes de cristal y acero. Cada edificio suyo era un manifiesto: la convicción de que la arquitectura puede —y debe— ser una forma de arte, un acto de imaginación, un impulso para reinventar la relación entre los seres humanos y sus espacios.

Gehry rompió los límites entre arte y función, y lo hizo con una generosidad inspiradora hacia las ciudades y sus habitantes. Con sus edificios nos enseñó que las estructuras pueden emocionar, provocar, transformar, invitar al asombro. Su legado seguirá vivo en el titanio, el acero, el vidrio, en las curvas imposibles, en cada ciudad que adoptó su impronta.

Cuando recorramos las calles de Bilbao, Elciego, Barcelona, Los Ángeles, Praga o París —o simplemente contemplemos una silueta sinuosa recortada contra el cielo— estaremos viendo cómo la arquitectura puede ser poesía, escultura, metáfora, futuro. Gehry nos mostró ese camino. Y ese camino permanece.

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email
Skype

La luz como materia arquitectónica

El pasado 12 de marzo, el espacio Tecniconforto de Lisboa acogió una nueva edición de los Studio Architect Talks impulsados por Finstral bajo el título...

Smiljan Radić, el arquitecto de la fragilidad, gana el Pritzker 2026

El arquitecto chileno Smiljan Radić ha sido galardonado con el Premio Pritzker 2026, el reconocimiento más prestigioso de la arquitectura contemporánea. El jurado ha distinguido...